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Participación social para preservar la salud auditiva

Doraldina Zeledón Úbeda

El 7 de abril se celebra el Día Mundial de la Salud, se debería incluir también la salud auditiva, o al menos no generar ruido, como sucede durante algunas celebraciones. La protección del ambiente sonoro saludable debería estar en los planes para prevención de la salud o en los de epidemiología ambiental. Y en los esfuerzos  para aumentar las expectativas y calidad de vida. Porque, ¿de qué sirve una vida más prolongada si también las enfermedades se aumentan?  O una vejez en silencio, que no pueda escuchar ni la voz de los seres queridos.

Pero, generalmente, cuando se conmemora una efemérides o se hacen campañas, sobresalen los ruidos estruendosos. Pasó inclusive durante las actividades de “La Hora del Planeta”, el pasado 28 de marzo. “Un estridente bocinazo, protagonizado por los transbordadores del transporte público de Sídney, dio paso este sábado al apagón de la "Hora del Planeta" en la mayor ciudad australiana.” (www.elmostrador.cl, en Boletín GAL 743). Si en todas las ciudades se inició la actividad con bocinazos, se debió proveer al planeta de un casco gigante o de miles de tapones auditivos.

Así sucede frecuentemente, porque los efectos del ruido son desconocidos y subvalorados. Aquí vemos en las actividades de algunas organizaciones e instituciones, el uso de morteros y grandes parlantes. Y hasta caravanas de vehículos sonando sus bocinas. El ruido es común en las protestas y movilizaciones sindicales, universitarias y de otras organizaciones. Sería interesante que a las personas que manipulan morteros y manejan los equipos de sonido, se les hiciera una audiometría antes y otra después de las actividades. O al menos una vez por año.

Pero el ruido que está afectando la pérdida de audición, proviene también de actividades recreativas, como en discotecas o conciertos. Y por el uso de equipos musicales personales por tiempo prolongado, como mp3, Ipod. Más que en este caso la fuente de ruido está dentro del propio oído. Y cuando una persona escucha música, ya sea por placer o por aislarse de los sonidos del entorno o de problemas, para poder escucharla, el volumen tiene que ser más fuerte que el del ambiente, y si éste es ruidoso, le sube más. Los más afectados son los jóvenes. Si tuviesen suficiente información a lo mejor serían menos los aficionados a estas actividades y equipos, o buscarían cómo protegerse.

Para proteger a los trabajadores hay normativas, y desde hace un buen tiempo. El problema es su cumplimiento, pues muchas veces ni los sindicatos ni los propios trabajadores se interesan. Pero no sólo por el ambiente laboral ruidoso o por la edad avanzada se pierde la audición, sino por estas actividades sociales y personales. Ya no es raro escuchar que los jóvenes se están quedando sordos.

Según la normativa laboral, el máximo nivel sonoro permitido es de 85 decibles, como promedio durante ochos horas de trabajo. Si aumenta, se deben utilizar protectores auditivos o reducir la jornada laboral a la mitad por cada tres decibles que se excedan; lo cual significa que con 91 decibeles lo más que debería permanecer una persona sin protección auditiva, son dos horas.  Igual sería, por ejemplo, en una discoteca.

La OMS sugiere que no se debería participar en más de cuatro actividades recreativas por año que sobrepasen los 100 decibeles de nivel promedio, en un período de cuatro horas, pues puede haber daño auditivo. El Código Penal de Nicaragua establece que “en las ceremonias, festivales y eventos recreativos, el sonido debe ser por debajo de los ciento diez decibeles.” (Art. 534). No especifica si se refiere al nivel promedio o al nivel máximo de sucesos individuales.

Carecemos de normativas claras y específicas. Pero la sociedad puede incidir, tanto en quienes perciben el ruido como en quienes lo generan. Si las autoridades competentes no ejercen el control del ruido, las instituciones, empresas, organizaciones, medios de comunicación, podrían contribuir, mediante la educación ambiental y el monitoreo social. Y acatando ellas mismas las leyes.

Para preservar la audición de los jóvenes y adolescentes se necesita información y sensibilización, pues debido a su gusto por participar en actividades con altos niveles sonoros, es muy difícil que las dejen por sí solos. Los centros educativos pueden contribuir a preservar la salud auditiva. Desde los primeros grados los niños y las niñas pueden ir diferenciando los sonidos saludables y los que enferman. A evitar actividades ruidosas y a no hacer ruido. A detectar y diferenciar los sonidos naturales y característicos de su entorno, que se van perdiendo porque los ruidos de la “civilización” los enmascaran.

El ruido es un fenómeno social, está en todas partes y nos afecta a todos. Por tanto, como instituciones, grupos o miembros de la sociedad, podemos contribuir a tener un ambiente sonoro saludable y prevenir la pérdida de la audición, con lo cual estaremos preservando la salud auditiva y la salud en general, pues además de causar pérdida de audición y generar zumbidos (tinnitus o acúfenos) o ruidos dentro del propio oído, afecta el sistema circulatorio, digestivo, nervioso, causa molestias, pérdida del equilibrio, dolor de cabeza, insomnio. Afecta la tranquilidad y el derecho al descanso. Genera estrés, uno de los efectos más comunes pero que no siempre se le relaciona con el ruido.